Beneficios cognitivos, emocionales y personales.
Sé leer.
Quien diga que no tiene un instrumento de escritura favorito, miente. O bueno, al menos así lo cree quien está escribiendo esto1.
Y no hablo necesariamente del proceso de escribir o de los rituales en torno a la escritura. No estoy evocando la imagen del escritor en un bar de madrugada, rodeado de papeles manchados de tinta, o la de Carrie Bradshaw tipeando en una laptop mientras sonríe.
Me refiero a con qué escribimos. Creo que de pensarlo un poco, todos tenemos algo con los que nos gusta más escribir. Con lápices, con una Bic azul, con una pluma estilográfica, con un teclado mecánico. Con marcadores gruesos sobre una hoja finita y que se transparenta.
Yo puedo ser un poco esnob, como con todo. Tengo mis instrumentos favoritos, prefiero la tinta en gel, me enloquece el papel tomoe river y hay cuadernos que jamás compraría porque los siento demasiado rugosos. Cuando más suave y fluida sea la escritura, mejor. Y si quiero escribir algo especial y no tengo el medio correcto, me pongo muy nervioso.
Pero así como digo eso, también admito que escribo constantemente, con cualquier cosa, en cualquier superficie. A veces son garabatos, moñecos hechos con palitos o hasta mi firma, todo repetido hasta que no queda espacio en el papel. En tacos de notas, en el margen de una hoja, en el reverso de una impresión.
La acción de escribir me hace bien, es placentera. El movimiento de la mano y el brazo, la presión sobre la hoja, las diferentes sensaciones de acuerdo a lo que use. Se activa algo en el cuerpo y en la mente que me ordena.
La gente del mundo de la papelería o del journaling, tanto o más pretenciosa que yo, habla de los ecosistemas de cuadernos. Básicamente, son diferentes libretas que se usan con fines específicos, como agendas, diarios, organizadores, cuadernos de temas comunes, registro de hábitos, bitácoras de consumo de medios y mil más. Incluso es muy común ver en YouTube a personas que tienen un cuaderno que usan como diario de lecturas de la Biblia, fíjate tú.
Entre los diferentes usos que se le pueden dar a las libretas en un ecosistema, está el brain dump journal, literalmente un diario de volcado de cerebro. Mejor dicho, un diario de descarga mental.
Hay muchas formas de hacer esto y probablemente encuentren decenas de tutoriales, sistemas y guías sobre qué sí y qué no, pero básicamente es sacarse todo lo que uno tiene en la cabeza.
Algunas formas de descarga están más asociadas a la productividad, anotando todo lo relacionado con pendientes, tareas, ideas, etc., y otras más con lo terapéutico, tomando la forma de un flujo de conciencia. La idea detrás de esto es que bajar al papel lo que pasa en la cabeza sería una forma de manejar la ansiedad y la rumiación, de calmar un poco la mente.
Sin importar el nombre que le pongamos, este ejercicio es algo que hago desde hace bastante tiempo y que forma parte de las herramientas que uso en terapia para manejar la rumia y las compulsiones.
Intento alejarme de la secuencia de “Hoy fui a la oficina. Hoy almorcé patitas de pollo. Hoy me vi con fulano”. Empiezo a escribir lo que se me ocurre, casi siempre algo relacionado con la muerte o con la finitud, y una cosa termina llevando a la otras y, cuando me doy cuenta, estoy escribiendo sobre lo mucho que me interesaría saber cuál hubiese sido la postura de Émile Durkheim en la época del optimismo tecnológico de principios de los 2000.
Por eso creo que escribir es tan hermoso, porque me permite ordenar y desordenar lo que tengo adentro, concentrarme mucho en algo que sólo tiene utilidad para mí y, aunque suene cursi, sentirme inmortal por unos minutos.
No lo hago porque pienso que voy a escribir una nueva Guerra y Paz, un Quijote, o un Harry Potter o un Adiós, Cachorra. Esa no es para nada mi postura, eso es muchísimo más pedante de lo que me permito ser, y eso es decir mucho.
Me irrita y me pone de muy mal humor la pose del que dice escribir porque lo mueve una fuerza ajena, porque escucha a las musas o porque sufre y quiere contarlo. Es verdad que todos tenemos una voz, pero no sé si todas deberían ser comunicadas. O sí, si lo hacemos desde el lugar de cada uno, sin pretensiones, gritándole al vacío en la Internet y por gusto.
Nadie nos obliga a apretar el botón de publicar, y lo digo mientras yo también lo hago. Pero creo que no lo hago desde el personaje de “la persona que escribe”. Eso me parece bastante vergonzoso y, usualmente, son personas que no escriben cosas que me parezcan particularmente buenas, sin entrar particularmente en la discusión de lo bueno y lo malo.
Me dijeron que escribo “lindo” y me pregunté si eso significaba que escribo bien. Superando la discusión de “¿Y qué es escribir bien?”. los relativismos y lo cansino de todo eso, yo no creo que escriba técnicamente bien. Mi formación en letras es casi nula, no entiendo mucho de recursos literarios. Creo que entiendo lo suficiente de ortografía y gramática, algo que me obsesiona bastante porque detesto hacer las cosas mal incluso cuando no hay mal ni bien (pero sabemos que sí lo hay). No leo poesía, se me mezclan los géneros, y me es casi imposible hacer un análisis que no sea principalmente ligado a la función social de los textos, a las condiciones de su producción y reproducción y al por/para qué más que al cómo/de qué manera.
Pero escribo igual. Porque me gusta, porque me sirve, porque me ordena, porque me hace sentir bien. Y lo publico porque es un archivo, porque son migajas que voy dejando para ver si a alguien le gusta y porque necesito desesperadamente que alguien me escuche.
El punto está, creo yo, en que no creo estar habitando el personaje/rol de persona que escribe o de la persona que escribe en internet pensando que escribe bien. Los estereotipos son odiosos pero orientan la conducta, y creo que se entiende perfectamente a qué tipo de persona me refiero.
Lo mismo me pasa con los lectores.
Leer es algo de lo que disfruto intensamente. Me gusta leer ensayos, teoría social, novelas, lo que sea. Mis amigues son lectores, nos recomendamos cosas, vamos a eventos, a talleres, compramos más libros de los que deberíamos. Tengo pilones de ellos por toda mi casa, muchos aún sin leer. Los gatos los van tirando, como si quisieran obligarme a hacerlo, y yo simplemente los recojo y cambio de lugar.
SIn embargo, me choca cuando el personaje de la gente en las redes está basado en “me gusta leer”, en hacer desafíos de 365 libros por año, de libretas enteras con reseñas de lo que leyeron.
No es algo para presumir tanto.
Por un lado, porque me parece que es casi imposible disfrutar de la lectura a ese ritmo. No hay forma de tener ese ritmo de lectura sin que sea superficial. Por el otro, porque usualmente están leyendo truños. Y a mí me encanta leer algunos truños, los consumo como miro sin parar capítulos de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales o de cualquier reality donde haya mujeres fuertes e independientes peleándose a los gritos. Pero me hace ruido cuando todo es un truño, o es wattpad, o es una distopía para jóvenes adultos escrita por una inteligencia artificial.
Me parece que lo que me molesta es lo forzado que parece todo. Hay una puesta en escena demasiado obvia, demasiado aburrida, demasiado agotadora.
Deberíamos disfrutar más y vendernos menos. Escribir para sentirnos bien, para contar lo que nos pasa o lo que querramos, sin pensar en si está dicho o no. Leer sin que los desafíos nos corran, sin buscar el goce en tachar una lista de pendientes o en compartir cuántas estrellas le pusimos a un libro.
Y sobre todo, sin pretender que eso nos hace ser mejores. Insisto, no creo que sea algo para presumir. Como diría una filósofa contemporánea, “I think you guys might be thinking about yourselves too much”.
¿Cómo pasé de la lapicera favorita a Jemima Kirke? Las maravillas del dumping.



