Julio del año pasado
En julio del año pasado, murió mi papá. Tras años de accidentes e incidentes y de muchas súplicas de mi parte para que dejara de hacerse el vivo, o para que al menos ordenara sus asuntos, se cayó de una escalera en la casa de mi infancia, se golpeó la cabeza y agonizó cinco días.
Varias veces escribí detalladamente todo lo que pasó. Lo que hice para llegar al hospital, el estado en el que estaba cuando lo vi por primera vez, el frío y los temblores que tuve cuando intenté dormir en un auto en el estacionamiento esperando noticias. Lo hago con precisión, como si fuese de máxima importancia relatar algo que a nadie le importa, pero que no me voy a olvidar nunca. Mejor ahorrarse los detalles.
Lo importante es que cuando a papá lo pasaron a terapia intermedia y al fin pude verlo a solas, le pedí algo. Le agarré el brazo y le dije que esto era a todo o nada. Si salía de esto, lo tenía que hacer bien, nada de medias tintas. Si no, que se fuera. Y así lo hizo.
Después de la burocracia, la corrupción y del ritual de despedida, mi estrategia fue fingir superación. Al fin y al cabo, era algo que iba a pasar tarde o temprano, más temprano que tarde por la personalidad de mi padre, y seguí. Me tuve que hacer cargo de una casa, de un local, de compromisos precarios, pero seguí. Estuve una semana en cama con llagas en todo el cuerpo, pero seguí. Como Maru, sin rumbo, pero seguí.
Y ahora, después de meses de transitar la orfandad con una suerte de parálisis emocional, empiezo a sentir mi pérdida.
En julio del año pasado, se murió mi papá. Se murió un hombre que no terminó el secundario, al que su padre nunca le demostró afecto y al que lo hacían arrodillarse sobre el maíz cuando tenían que castigarlo.
Se murió el Gallego, el que tenía una mina en cada barrio, que hizo siempre lo que quiso y al que no le importaba nada, salvo sus amigos.
El de los mil trabajos, que supo ser dependiente en Constitución y Once, taxista, pizzero, mecánico, gomero, “comerciante”, reparador de celulares, vendedor de espejos de colores y tantos otros que nunca sabré.
Se murió el que cuando yo era chico “visitaba a su amigo Hugo” por el ruido cuando vomitaba en el baño después de una noche de joda. El que me llevó por años todos los miércoles al cine para pasar un rato juntos.
Al que de a poco se le fueron muriendo sus familiares y amigos y que empezó a llorar cada vez que tomaba. El que me dijo por primera vez que me amaba cuando lo arrastré borracho una noche por el pasillo de su casa hasta la cama.
Se murió el que me obligó por años a ir a la Iglesia para ver si me curaban lo puto, sólo para dejarla él cuando le empezó a poner los cuernos a mamá con una feligresa de 19 años.
El que eventualmente tuvo que conocer a uno de mis novios y aceptarlo, y a mí con eso. El que lo quería invitar a las cenas familiares porque era “mi pareja” y eso significaba que era parte de la familia, una que no existía pero en la que él lo contaba.
El que negó rotundamente cuando le dije que mi infancia y mi adolescencia habían sido difíciles por su culpa, porque sólo recordaba lo que él creía bueno.
El ferviente peronista, que se sentía acompañado cuando hablábamos de política, que se sentía feliz porque coincidíamos en lo básico.
El que hablaba bien de mí con su mujer, pero no conmigo. El que pudo ver cómo me convertí en el primer universitario de la familia y que finalmente pudo decirme lo orgulloso que estaba de mí.
Se murió alguien que hizo lo que pudo con lo poco que tuvo, con lo poco que le dieron, con lo que aprendió de la calle y en la época en la que vivió.
No tengo nada pendiente con mi papá, pudimos decirnos todo. Esa es la tranquilidad que me permitió transitar estos meses sin pensar.
No tengo nada pendiente con mi papá. Pero al mismo tiempo, me hubiera encantado tanto más. Si las charlas hubieran sido antes, si hubiéramos dado el brazo a torcer, si hubiéramos dejado de lado el orgullo…
En julio del año pasado, murió mi papá. Hoy lloré por primera vez en meses. Lo extraño mucho.



