Confeti, traca y megatrón.
Notas sobre el romance, el sexo, el espacio y el tiempo.
Soy un aparato, así me lo dijeron varias veces.
Es verdad que si no tengo confianza, soy terrible en las interacciones sociales más básicas. Me siento bastante incómodo en general y no puedo pilotear los silencios. En realidad, no me sale querer hacer algo al respecto, sólo sentirme así, incómodo.
Me pasa seguido en el trabajo, cuando alguien a quien no conozco mucho me habla. También reconozco que me pasa más con los tipos pakis, porque siento que estoy hablando con alguien de otro planeta y que podría pegarme un tiro en cualquier momento.
Si me empiezan a contar algo a lo que no puedo aportar nada, me quedo callado después de los protocolares “Mmm” y “Ah, mirá”. Me cuesta mucho remarla y trato de exponerme lo menos posible a eso.
También tengo una tolerancia a la frustración muy baja. Hijo único, alumno ejemplar, niño sobreadaptado. Me criaron los libros, la tele y el Internet, y más allá de un padre que me daba plata para salir el fin de semana y de una madre sobreprotectora que repetía refranes, me las tuve que arreglar solo.
Detesto que las cosas me salgan mal, odio equivocarme.
Con los vínculos me pasa lo mismo.
Cuando alguien me interesa, siento que estoy rindiendo examen constantemente.
Y cuando estoy en la búsqueda, lo aparatoso se luce. Pido por favor un centro, una pregunta, un disparador para una charla interesante. Preguntame si creo en la vida extraterrestre, cuál era mi chupetín favorito, qué Spice Girl sería o si preferiría un sistema parlamentario antes que el presidencial. Podría hablar horas sobre las zapatillas polémicas de los 2000.
Pero cuando una charla no supera el
hola
hola, todo bien
todo bien y vos
bien
bien, qué hacías?
nada, acá y vos
nada, viendo que onda jaja
re bien jaja
me dan ganas de pegarme un tiro. Bueno, en realidad no, sólo se van todas mis ganas de seguir ese intento de intercambio textual.
Por eso es que me gusta decir que disfruto de las personas apasionadas. Yo digo apasionadas, otros podrían decir “con hiperfijaciones”. Lo importante es que les guste algo y que se les vea el brillo en los ojos (o lo puedas intuir en el texto) cuando hablen de eso.
Hay pasiones que me despiertan más interés que otras. Y, lamentablemente, mi esnobismo de manual hace que otras me resulten directamente anti eróticas. La comedia musical me da escalofríos, y sólo me reservo el respeto por dos o tres personas con más de 25 años que siguen siendo fanáticas de Harry Potter.
Tampoco ayuda cómo conocemos gente nueva ahora, en especial las diversidades.
Es sabido que la fantasía sacada de la comedia romántica en la que te chocabas a alguien en el supermercado y terminaban teniendo un romance fue siempre muy poco probable para los trolos. A menos que cambiemos “supermercado” por “tetera” y “chocarse” por yirar.
No es mi intención hacer un recuento de cómo fue la sociabilidad homosexual y cómo es la sociabilidad gay, pero podríamos decir que se produjo un pasaje entre una época en la que el levante, por la ilegalidad y la condición de “estigmatizado”/”estigmatizable” se realizaba en el espacio público a través de códigos, guiños y señales; a otra en la que diferentes factores (apertura democrática, activismo, visibilización, conquista de derechos, posibilidad de individualización) hicieron que la búsqueda de encuentros sexuales abandonara la esfera pública para dar lugar a los bares y discotecas de ambiente en primer lugar, luego a las páginas de encuentros por Internet y, más recientemente, a las aplicaciones geosociales1.
Las redes sociales basadas en la geolocalización crecieron exponencialmente en los últimos años, principalmente por la posibilidad de tener encuentros casuales. Su uso crea lenguajes, códigos y valores nuevos, principalmente los relacionados a la inmediatez y la fugacidad, y configura nuevas relaciones identitarias y de género.
Esto no quiere decir que los lugares de sociabilidad gay “de antes” no tuvieran sus propias lógicas.
Adam Green, basándose en parte en el desarrollo teórico bourdiano, utiliza el término “campo sexual” para referirse a los campos en los que agentes con intereses románticos o sexuales potenciales orientan sus prácticas hacia otros de acuerdo a una lógica de deseabilidad colectiva que crea sistemas de estratificación.
Los bares y las discos (como después lo serán las aplicaciones) son los locales, los anclajes geográficos (o virtuales) que habitan los agentes y que poseen una “estructura de deseo”, valoraciones transpersonales de deseabilidad.
Cada campo tiene una estructura, que orienta las prácticas y las expectativas de los actores, y la posición de cada actor está dada por su capital sexual, entendido como el índice de poder que cada uno tiene basado en la valoración colectiva del atractivo de esa persona según qué concentración tenga de los atributos más buscados en ese campo.
Las estructuras de deseo no son universales y van a variar según el campo sexual en el que se desarrolle el “juego”. No aporta lo mismo tener una musculatura desarrollada en Human que en una fiesta de osos en Amerika.
En criollo, que cada lugar tiene sus propias reglas y códigos, sus jerarquías según qué es lo que se busca y que uno puede tener un mayor o menor estatus según qué tanto tenga de eso que se valora.
Las aplicaciones también conforman un campo sexual, pero difieren de los campos “offline” al hacer explícitas las normas sociales de un modo que no es posible o aceptable en la interacción cara a cara.
Es más, esto comienza en la propia descripción y publicidad de las aplicaciones, que expresan sutilmente quiénes son bienvenidos o no.
En Intimidades Congeladas. Las emociones en el capitalismo (2007), Eva Illouz destaca que en el uso de Internet para buscar pareja, los usuarios realizan un proceso de introspección, una búsqueda autorreflexiva que hace que quien busca pareja deba describirse de manera objetiva y exhaustiva, creando un perfil en el que se deconstruye el yo en categorías: físicas (altura, apariencia, etc), de opinión, personalidad, aficiones, etc.
En las relaciones mediante el uso de Internet, la lógica principal es la de la economía de la abundancia y el intercambio, en la que las relaciones están organizadas como en el mercado, a través de leyes de oferta y demanda. Así, la búsqueda de un otro pasa a ser una transacción económica, donde el postulante compite con otros perfiles, cada uno con un valor asignado, y donde existe la preocupación por mejorar la posición en ese mercado a través de mecanismos que hagan que esa subjetividad textualizada sea original y destaque entre el resto de los perfiles, junto con el uso de imágenes y videos. Las redes son un lugar donde no existe el cuerpo, pero en el que se le exige al postulante que encaje en los cánones hegemónicos de belleza y estado físico.
La idea de que la búsqueda de una pareja sexoafectiva siga lógicas de oferta y demanda no es nueva. Al fin y al cabo, siguiendo a Green, los locales de sociabilidad gay, al ser campos sexuales, implican un estatus y una puja por el capital en juego.
Lo novedoso de las aplicaciones geosociales es, como menciona Illouz, la apariencia de la abundancia. Frente a la limitación que tienen los locales, pues tras dos o tres putivueltas las opciones se vuelven claras, las aplicaciones dan la sensación de tener una infinidad de perfiles posibles a disposición.
Se torna difícil profundizar una conversación o comprometerse con un vínculo cuando está la posibilidad de encontrar algo más, alguien mejor posicionado en la jerarquía erótica que, a su vez, afectará de manera positiva nuestro propio estatus en el campo sexual. La fugacidad y el descarte se vuelven moneda corriente, pañuelos de usar y tirar. Todo se acelera.
En Alienación y aceleración (2016), Harmut Rosa propone que las sociedades occidentales modernas son sociedades de aceleración, caracterizadas por un aumento en el ritmo de vida y sentimiento de escasez del tiempo a pesar de las impresionantes tasas de aceleración tecnológica que acortan el tiempo requerido para la producción, comunicación y reproducción.
El social es el principio de competencia, modo dominante de asignación (de recursos, de privilegios, de recursos). El tiempo ganado por la aceleración tecnológica debe ser invertido para poder completar más tareas (poder = trabajo / tiempo), logrando una ventaja competitiva sobre los otros.
El cultural es la promesa de eternidad. En la modernidad tardía secular, la aceleración funciona como el equivalente a la promesa religiosa de la vida eterna. La buena vida ya no es la que se promete después de la muerte, sino la que se puede realizar ahora, que es plena en experiencias desarrolladas. Si incremento la velocidad de mi vida y hago más cosas en menos tiempo, podré vivir más experiencias y, por tanto, vivir una multiplicidad de vidas en el fragmento de tiempo que tengo. La aceleración del ritmo de vida es la respuesta a los problemas de lo finito y la muerte. Sin embargo, como sabemos, es una promesa vacía - nunca podremos experimentar todo lo que el mundo tiene para ofrecernos.
Las fuerzas de la aceleración ejercen una presión gigante sobre nuestras relaciones con los otros y con el mundo objetivo, transformando las formas que adopta la subjetividad y cómo “estamos” en el mundo material.
Rosa señala que la búsqueda de la ventaja competitiva aparece en la lucha por los vínculos, debiendo demostrarnos lo suficientemente agradables, atractivos, interesantes para los otros, y pone de ejemplo la búsqueda de likes en fotos de Facebook o en tweets.
¿No es esto lo mismo que la lucha por el capital erótico en el campo sexual de las aplicaciones de citas? El mismo Rosa nos señala que el individuo detenta una “posición” en la sociedad que no es estable, sino que está en permanente negociación competitiva.
La aceleración cambia cómo experimentamos el tiempo el espacio, cómo interactuamos y cómo nos constituimos como sujetos. Produce nuevas formas de cómo nos colocamos en el mundo y cómo nos orientamos2.
Durante el transcurso del trabajo de campo para mi trabajo de grado3, surgieron varias cosas interesantes.
Por un lado, el valor del tiempo. Cientos de perfiles con nombres y descripciones que buscaban sexo ya, sin vueltas, ofreciendo lugar (privado), buscando lugar (público). La búsqueda de la productividad a niveles insospechados, la aceleración total del ritmo de vida.
Por otro, la falta de concreción. Charlas interminables pero sin contenido, pajas virtuales, ganas de exhibir el capital sexual y recibir elogios, sin llegar nunca a coordinar un encuentro4.
Y finalmente, fue recurrente el reclamo por más espacios de encuentros cara a cara. Algunos, rememorando lo que para ellos fueron alguna vez las fiestas y la noche porteña. Otros, porque nunca tuvieron la oportunidad de hacerlo y porque consideran que está cada vez más complicado.
Y es que Grindr se configura en el relato de los entrevistados como la aplicación genérica y la única vía de encuentro, idealizando la “vida real”.
En una sección de Global Gay (2014), Frédéric Martel hace un estudio sobre cómo se distribuyen en ciertas ciudades globales los espacios de sociabilidad gay, principalmente bares y boliches. Recuerdo que en el caso de Buenos Aires, mencionaba que no existía una zona delimitada o “gueto” donde se concentraran los locales, sino que se distribuían por diferentes zonas de la Ciudad. Y sí, es verdad que no hay una zona rosa, aunque sabemos la fama que tuvo Santa Fe y Pueyrredón. Y tampoco podemos negar que la oferta actualmente se concentra en el Microcentro y en Palermo.
Pero aunque la Ciudad se está yendo a dormir cada vez más temprano y el clima de época es hostil, cada tanto surgen nuevos espacios y propuestas, usualmente de la mano de gente joven.
En los últimos años postpandemia, aparecieron nuevos lugares como La Greco, el Puti donde funcionaba Flux, o hace poquito Yobla. Propuestas que sirven como espacio físico para que sucedan cosas. En ellos hay fiestas itinerantes, con menos frecuencia pero multitudinarias.
En un contexto donde el tiempo le gana al espacio y donde la virtualidad es la regla, la noche sigue resistiendo. Y creo que es muy importante que la sigamos cuidando.
Porque sí, hay lugares con una curaduría malísima y en los que están pasando mil cosas inconexas al mismo tiempo. Pero son nuestros, de los nuevos y de los más viejos. Y son hermosos, y pasan cosas increíbles.
No hay mejor señal de que seguimos buscando estas experiencias que las fiestas sold out de amigas poperas. Ahora, lo que pase adentro y si están todas con el Grindr abierto, ya es harina de otro costal.
Si es verdad que para coger por una app te piden hasta el monotributo, probemos recorriendo la pista. Tal vez así podamos aunque sea poner en pausa la búsqueda de un ideal inalcanzable y de usar las aplicaciones como si fueran un catálogo.
Quizás no son los espacios que recordamos, quizás no los sintamos tan adecuados a nuestra edad.
Quizás lo que desapareció fue nuestra noche.
Y sí, ya no quedan ni Ambar ni las fiestas en el sótano de Sick. Ya no suena Yelle en la pista.
Pero mientras Requiem siga en pie, tendremos un lugarcito.
¿Lo queremos visitar o seguir scrolleando?
Ver Meccia, E. (2011). Los últimos homosexuales. Sociología de la homosexualidad y la gaycidad. Gran Aldea Editores; e Insausti, S. y Ben, P. (2017). “¡Éramos tan diferentes y nos parecemos tanto! Cambios en las masculinidades hétero y homosexuales durante las últimas cuatro décadas en Argentina” en Maristany, J. y Peralta, J. (Comp.) Cuerpos minados. Masculinidades en Argentina. Editorial de la Universidad de La Plata.
Tal como me dijo Nadi, aunque el autor no haga mención directa a ninguno de sus teóricos principales, se pueden percibir ciertos tintes fenomenológicos en algunos de sus planteos. Ver Gros, A. E. (2020). ¿Una teoría crítica fenomenológica?: Resonancia, alienación y crítica de la sociedad en el pensamiento de Hartmut Rosa. Argumentos, 22, 485-519. http://hdl.handle.net/11336/171189
Mi investigación fue sobre los procesos de autorepresentación y constitución en sujetos y objetos de deseo que hacen los usuarios de Grindr cuando crean sus perfiles, centrada en CABA durante el 2024. Me pregunté sobre el uso de lo textual y lo gráfico en esta construcción, sobre las categorías y códigos comunes de la aplicación y cómo esta conformaba un campo sexual, con sus propias carteras de capital y con una estructura de deseo específica que determina la jerarquía erótica de cada usuario.


